Blu

Blu, blue, azul.
Todas las personas somos colores,
pero solo a algunas les define un color.

Azul es cielo, uno, infinito.
Azul es ausencia de nubes.

El azul cría aves y las sostiene con sus manos de viento.

Azul es arriba y es abajo.
El azul deja brotar lágrimas transparentes
que se coloran en los afortunados recipientes.

Azul es espejo y es mar.
Azul es remolino en un lago de montaña.

Azul es pez que boquea, salta, baila con las ondas.

Azul es espacio y es melodía.
Azul es canción de cuna.

Azul es manto y oración para las almas perdidas.
Azul es vida.

Para Marilena da Rold.

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Alfama

Siempre encuentro las manos que recogen la ropa.
Desafío al vacío, a la desnudez de la calle.
Ventanas sueltas cogidas con pinzas.
Almas reunidas en palomares urbanos.

Mi peso descansa sobre un banco verde
Encadenado al árbol que mira cómo vuelas.
Le encargo a la señora que planche mi melancolía.
No hay paz en estas calles que quiera ser compartida.

Guiño al sol que me levanta la falda.
El mar se eleva, abre sus fauces la luna.
Desgarra el viento las horas y las dudas
De un invierno desencantado que soñó con ser niño.

Lisboa se protege la piel de mosaicos con lluvia.
Brilla sin espejos, se quiebra en silencio.
Regresa a la edad de plata, dormita.
Sufre de amnesia, remonta ríos por inercia.

Encabritados los hombres, reniegan de las mujeres.
Se concentran en manadas, se escudan tras el yugo.
Devoran con avidez los restos de un pasado
Que les encumbró a ciegas a lomos del mundo.

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Presencia

Él juraba y perjuraba que se hallaba presente.
Que una gruesa y blanca capa de piel cubría su carne.

Yo solo veía muros, castillos de sábanas ondeantes y dolor, mucho dolor.
Demasiado dolor. Más del que podía contener su risa abierta.

Tócame, hazme presente, dijo.
Desenreda estas hojas de angustia de mis rizos, susurró.
Que no te ciegue la indiferencia, suplicó.

Dije que no con mi cabeza mientras le sonreía.
Y le canté la nana que cada madre nos regala al nacer.

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Hoy no

Hoy no quiero hablar del alma, de ese colchón al que nos aferramos para sentirnos únicos y suaves.
Hoy quiero hablar de la crudeza de la razón, de la impuesta por manos invisibles y de la que nos inventamos para soportar el peso de cada día.
De esa cascada horizontal que quiebra diques de pensamiento a su paso.
De esa metáfora que aún no se ha pronunciado.
Es difícil no rendirse ante su fuerza, como mazazo de viento.
Es hielo que enmudece la sangre.
Es causa y es efecto de nuestras circunstancias.
Voluble, enmascarada y cruel como chirigota de niños.
Hace daño al entrar pero mucho más al salir de nuestra mente.
Es discurso inagotable frente al espejo.
Indispensable cuando pasa de mano en mano.
De sabor acre y amargo en el paladar al probarla titubeantes.
La manosearás, la moldearás, pero nunca la tendrás.
Razón sibilina con corazón de juego.

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Razón de parecer

Parece que el viento no quiere habitar este cuarto.
Evita rozar mi piel y mover mi ánimo.
Rodea las esquinas abiertas de esta morada.
Pulula y bate sus alas invisibles.
A quién contará los secretos que conoce.

Parece que el agua no quiere calar estos muros.
Besa los diques, unos ojos de mimo.
Discurre sobre el erial bañándolo de mañana.
Piensa y se secan las orillas tristes.
Y cómo aliviará la sed del que corrompe.

Parece que el fuego no quiere purificar mi mundo.
Vicia las partículas, átomos sin ritmo.
Recorre las distancias que separan nuestras almas.
Quema el destino la piel que persigue.
Cuándo renacerá el niño en la trampa hombre.

Parece que nada quiere ser hoy.
Parece que todo es coartada y fin.

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