Vaivén

Hoy es el día del ritmo
El del vaivén de tu pecho
La aceleración de tu aliento
El compás de tus abrazos
El baile agazapado en tus células
El descenso y ascenso de tu alma

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Venus niña

Amas la niña en mí,
abrazo sincero de fácil sonrojo.
Carrusel de juguete
que parar a tu antojo.

Deseas la puta en mí,
locura de la rutina,
baratija hallada en el zoco,
sustancia de miel y prisas.

Anhelas la madre en mí,
virgen indispuesta y melosa,
azote de las olas ciegas,
Venus dormida bajo la higuera frondosa.

Odias lo tuyo en mí,
espejo convexo y dual,
repetición cacofónica de espacios
siempre libres, nunca igual.

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Amor cada dos por tres

Amar, amar, amar, amar, amar, amor.

Vamos a gastar la palabra amor, cariño.
A fundirnos en la luz y helarnos en el frío de la sombra.
A abrazar los días cínicos y las noches locas.

Vamos a crecer sin chuparnos las raíces.
A hablar del amor como si no fuera nuestro.
A devorarnos la piel de lobo y acto seguido la de cordero.

Vamos a desnudarnos de pasados y futuros.
A jugar a las casitas en medio del bosque.
A darnos la oportunidad de ser imperfectos mujer y hombre.

Vamos a apostar al azar nuestros vicios.
A sonrojar pecados, culpas y religiones.
A desayunar cada día la maldad de todas las canciones.

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Perdón

Hoy quiero pedir perdón.
Perdón por todos los abrazos que llegaron con retraso.
Perdón por esta transparencia de cantos afilados.
Perdón por esconder agujas entre las risas.
Perdón por cargarle un pasado ligero a un futuro precoz.
Perdón por mi falta de humildad y mi maldad acolchada.
Perdón por este sorbete de lágrimas de un solo gusto.
Perdón por amar sin manual de instrucciones.
Perdón por la angustia que sembré en los amaneceres.
Perdón por este cansancio sin fecha de caducidad.
Perdón por tropezar sin haber piedras en el camino.

Pido perdón y me responde el eco.
Y me perdona porque es eterno.
Y me perdono por no ser perfecta.
Y le perdono por ser el mayor de los dones.

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Un abrazo

Un abrazo tiene el sonido de dos alientos y un compás de huesos.
Un baile inmóvil de células que despiertan.
Del color de unos ojos clavados en la nada.
Un techo movedizo y una cama de carne.

Un abrazo se mueve sibilino y majestuoso buscando su corona.
Se alimenta de esperas e inquietudes vanas.
Duerme desvalido, andrajoso, sediento de piel.
Ciego a las piedras y hoyos del camino.

Un abrazo ni se da ni se recibe, se contempla desde dentro.
Ajeno al amor y al odio, a rencores y amistades.
Endulzado con lágrimas que brotan de sus poros.
Se dispone a morir cumplidas las veinticuatro horas.

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