Con las ganas intactas de matar

Llegaba a su casa cada día
con las ganas intactas de matar.
Todo lo que había sobrevivido
era rabia, bilis, su veneno fiel.

Las sonrisas nacidas al alba
se habían ahogado en el primer café.
Sin rechistar, sin patalear,
morían sin llegar a resonar.

Las buenas intenciones, una a una,
eran pisoteadas camino al trabajo.
Todos, a su paso, como él,
evitaban mirar lo que destruían.

Mañana haré algo, se dijo.
Miraré a los ojos a quien me ignore.
Viajaré de su pupila a su alma
hasta toparme con su frío.

Y le entregaré estas ganas de matar
para que las congele su indiferencia.
Quedaré libre de pecado, sin la culpa,
por fin, de haber matado mi felicidad.

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Ansiedad

Ese vacío que chupa el alma,
la adicción bonita,
la casta puta.

Es nuestro vicio del plural,
de los antiguos sinsabores,
de cadenas carnales.

Sirve un abrazo como hechizo,
como duda última y maltrecha,
un hoy eterno.

Lluvia sobre mentes secas,
charcos en los laberintos,
rodeos que transitar.

Sin culpa no hay mundo,
sino hambruna para la cerrazón,
sigilosa en su grito cegador.

La tuya, las mías, las de todos.
Ese peso, sin más contrapeso
que una dieta de amor.

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Amor cada dos por tres

Amar, amar, amar, amar, amar, amor.

Vamos a gastar la palabra amor, cariño.
A fundirnos en la luz y helarnos en el frío de la sombra.
A abrazar los días cínicos y las noches locas.

Vamos a crecer sin chuparnos las raíces.
A hablar del amor como si no fuera nuestro.
A devorarnos la piel de lobo y acto seguido la de cordero.

Vamos a desnudarnos de pasados y futuros.
A jugar a las casitas en medio del bosque.
A darnos la oportunidad de ser imperfectos mujer y hombre.

Vamos a apostar al azar nuestros vicios.
A sonrojar pecados, culpas y religiones.
A desayunar cada día la maldad de todas las canciones.

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