Río blanco

En un río blanco como ese
encontré la corriente oculta
del mar de los deseos.

La piel, húmeda de luz,
sorbía el roce de las almas,
algas de fuego derretidas.

Ya no existía el tiempo,
disuelto como estaba
en memorias de agua.

Brillos, susurros, goces
de antes de conocernos
y de futuras miradas.

En un río blanco como ese
se hunden las generaciones
que aman sin saberlo.

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Los ojos del río

Niña, te tomo prestada la palabra,
la vista, el oído y el corazón.

Ya sé que no es este tu río,
lo sé, tú nunca tuviste uno.

Pero niña, ayúdame si puedes.
Cierra los ojos, sumérgete aquí.

¿Qué ves? Anda, niña, quiero
bañarme en tu limpia mirada.

«Veo un río de estrellas».
¿Solo, mi niña? No me hagas sufrir.

«No, no temas, no lo haré…
Escucho grillos en la lejanía.

Dentro del río olor de adelfas,
gotas de néctar sobre mis dedos.

Siento una mano en la mejilla,
el principio de un abrazo.

Un dedo me indica abajo un carro,
mas prefiero unir las líneas de mi mano.

Hace frío aquí en el manto de luz y
me hago chiquita hasta ser solo grito.

Alguien volvió a pedir un deseo,
todo se alborota y se mueve veloz.

¡Ah! Mira qué guapa se puso la luna.
El viento cesó, ella se mira en el río.

Se terminó el abrazo, ya me diluyo.
Salgo del río, mi madre me seca».

¿Es eso todo lo que ves, niña mía?
«Sí, ya mi corazón contigo regresó».

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Me declaro Eva

Me declaro Eva,
culpable de mi herencia,
poco más que un cliché velado.

En busca del cielo
abro los ojos de noche,
alas heridas en pleno vuelo.

Viaja la poesía
veloz cual enamorado,
a su paso jirones de tierra.

Deseo de amnesia,
historia en blanco de mí.
No más lágrimas sin comandante.

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Venus niña

Amas la niña en mí,
abrazo sincero de fácil sonrojo.
Carrusel de juguete
que parar a tu antojo.

Deseas la puta en mí,
locura de la rutina,
baratija hallada en el zoco,
sustancia de miel y prisas.

Anhelas la madre en mí,
virgen indispuesta y melosa,
azote de las olas ciegas,
Venus dormida bajo la higuera frondosa.

Odias lo tuyo en mí,
espejo convexo y dual,
repetición cacofónica de espacios
siempre libres, nunca igual.

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De ayer a mañana

Nos gusta hablar en pasado porque el presente nos parece inabarcable. Da tanto miedo mirarle a los ojos. Preferimos regar con lágrimas historias pasadas. Hacemos crecer brotes tan fuertes como puentes a la otra orilla del futuro. El hoy queda abajo, intocable. Un espejo sucio en el que arrojar monedas de fortuna y deseo. Cruces y caras sin luz.

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