Entretejidos

Escribo sobre ti
Tras tu piel
Dentro de tu olor
Fuera de mi cabeza

Esbozo un leve sí
Día de miel
Nube de candor
Reinos de pureza

Llegas hasta mí
Solo un pie
Cargado de dolor
Ecos de naturaleza

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Sierra pequeña

Vuelvo a sentarme bajo la mimosa. No queda una sola baldosa entera sobre la que apoyar mi recuerdo humeante.
El anillo de mis meriendas es ahora un nido de hojas. Casa de nadie.
Mi mirada serpentea por el camino hacia la cueva del agua maldita. Ésa en la que osar introducir mi mano consistía el reto del día.
Arañas, lagartijas, abejorros me saludan de regreso a su mundo abandonado.
Paseo mi mano entre los dedos pegajosos de la adelfa. Frente a mí el suelo que ya no riego, el árbol con mi nombre que no quiso crecer.
Del otro lado, el óxido pinta un grafiti abstracto sobre la cal que ya no es blanca.
Las rejas protegen este fortín de memorias de ojos profanos. Invitan a pasar de largo y bordear sus ángulos.
La vida está detrás, entre los olivos de cortezas sagradas. Una pugna por sobrevivir entre piedras y tierra dura.
Un alcornoque destaca cual atalaya silenciosa. Ofrece sus ramas fuertes, de abrazo o columpio.
La muerte trepa por él. La vida desciende de mí. Nos encontraremos en esa nube clara.

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Brillo impuro

Déjame esa nube de postre.
Algodón dulce puro.

Escúchame entre el enjambre.
Miel y piel y jugo.

Báñame antes del desastre.
Río sin fin oscuro.

Límame el alma, dale lustre.
Hoja de brillo impuro.

Escríbeme desde el hombre.
Franco, invisible, uno.

Vuela y salta sobre mi lumbre.
Consuelo del muro.

Olvida la guerra y el hambre.
Ya no queda mundo.

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Sueños

Dicen que los sueños no duelen, que duele despertar de ellos.

Cómo explicar que, silenciosos, los sueños me hablan de ti. Me acarician cuando no estás, me erizan, lamen el sudor de la piel que te llora.

Es cuando grito de placer que despierto y los sueños se hacen pequeños, diminutos, dos sombras negras del tamaño de tus pupilas.

Los sueños me ven mutar de niña a mujer y de vuelta al candor. Y yo les guiño mientras hago girar una piruleta en mi boca.

Arremolinados me señalan con su dedo inmortal. Se carcajean y moldean mi carne en jirones de nube.

Me retuerzo porque no estoy sujeta, porque no hay barreras que me guarden de ti, porque puedo merodear de horizonte a horizonte y sé que siempre estarás donde el sol se asoma al precipicio.

Y el principio es el final de cada sueño. La herida abierta. Los rayos de sol. La luna quebrada. La roca calcinada de los malos humores.

Abro los ojos. Sacudo el felpudo del corazón. Entra, pasa, el silencio es tu casa. Canta, aquí no hay ecos. El tempo se paró. La melodía se apea de la sangre.

Pasado o futuro, todo está presente.

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Sin hilos

Te veo a lo lejos, tejiendo una imagen de mí.
Estirando y aflojando el hilo de luz de ese ovillo que es cada día que vivimos juntos. Creando una red transparente que une nuestras bocas en un beso infinito.
Me retas a un duelo de despertares.
Haces el día más extenso y la noche te extraña el abrazo.
Eres uno y te quiero porque no podía ser de otra manera. Sigo tu rastro de cometa en el cielo. Te espero en la próxima nube. No hay hilos que te sostengan. No hay cielo que nos soporte.

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