El lado oscuro

El lado oscuro del corazón
Ve crecer las sombras sin ti.

El lado oscuro de la razón
Te ama a ciegas, destila brea.

El lado oscuro de Madrid
Te envidia el sueño bajo los puentes.

El lado oscuro de mí eres tú,
Ave de paso a contracorriente de la bandada.

El lado oscuro de ti soy yo,
Duda caída del nido, silencio y emoción.

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Hoy no

Hoy no quiero hablar del alma, de ese colchón al que nos aferramos para sentirnos únicos y suaves.
Hoy quiero hablar de la crudeza de la razón, de la impuesta por manos invisibles y de la que nos inventamos para soportar el peso de cada día.
De esa cascada horizontal que quiebra diques de pensamiento a su paso.
De esa metáfora que aún no se ha pronunciado.
Es difícil no rendirse ante su fuerza, como mazazo de viento.
Es hielo que enmudece la sangre.
Es causa y es efecto de nuestras circunstancias.
Voluble, enmascarada y cruel como chirigota de niños.
Hace daño al entrar pero mucho más al salir de nuestra mente.
Es discurso inagotable frente al espejo.
Indispensable cuando pasa de mano en mano.
De sabor acre y amargo en el paladar al probarla titubeantes.
La manosearás, la moldearás, pero nunca la tendrás.
Razón sibilina con corazón de juego.

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Razón de parecer

Parece que el viento no quiere habitar este cuarto.
Evita rozar mi piel y mover mi ánimo.
Rodea las esquinas abiertas de esta morada.
Pulula y bate sus alas invisibles.
A quién contará los secretos que conoce.

Parece que el agua no quiere calar estos muros.
Besa los diques, unos ojos de mimo.
Discurre sobre el erial bañándolo de mañana.
Piensa y se secan las orillas tristes.
Y cómo aliviará la sed del que corrompe.

Parece que el fuego no quiere purificar mi mundo.
Vicia las partículas, átomos sin ritmo.
Recorre las distancias que separan nuestras almas.
Quema el destino la piel que persigue.
Cuándo renacerá el niño en la trampa hombre.

Parece que nada quiere ser hoy.
Parece que todo es coartada y fin.

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Cables

Hay cables por el suelo. Nido de arañas.
Cables que nos conectan y que nos ahorcan. Cables espirales.
Cables para descargar tensiones y furias. Cables a tierra.
Cables en el aire que sostienen nuestros frágiles egos. Cables equilibristas.
Cables ocultos detrás de paredes sordas. Cables espía.
Cables pelados de frío. Cables ovillo.
Cables que se prestan a intereses perdidos. Cables utopía.
Cables que arrastramos con anclas invisibles. Cables marinos.
Cables perdidos, sin razón alguna. Cables durmientes.
Hay cables silentes. Sueño con cables.

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Un, dos, tres, colapso

El colapso siempre llega antes de que el diez aparezca en el horizonte. En nuestra boca, en nuestras fuerzas, en el corazón. Somos seres débiles y colapsamos cuando más seguros estamos.

Hay colapsos regresivos que nos impiden llegar a la meta, al uno. A la unión. Al ego. Al yo. Al tú. Al éxtasis.

Los hay disléxicos, danzarines, saltimbanquis, de los que se paran sobre los errores del camino, no atinan con el orden y nos ponen perdida la razón y la lógica. Pero siempre llega, el colapso.

El colapso no sabe bailar pero te lleva bien sujeto de la cintura. Te sacude y cimbrea de lado a lado hasta que caes como ficha de dominó.

Hace falta otro colapso para sacarnos del colapso. Algunos necesitan un terremoto, otros una tormenta, y a otros les basta el roce de una lágrima.

Está dormitando mi colapso. Le echo de menos. Voy a empezar a contar: un, dos, tres…

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