Faro

Jaula de luz,
sueño de los hombres.
Hasta aquí llega el río
que besa el mar.

Se abre la herida,
las venas de la tierra.
Supuran guerras,
indiferencias, muerte.

Suerte que el océano
lo traga todo.

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Sierra pequeña

Vuelvo a sentarme bajo la mimosa. No queda una sola baldosa entera sobre la que apoyar mi recuerdo humeante.
El anillo de mis meriendas es ahora un nido de hojas. Casa de nadie.
Mi mirada serpentea por el camino hacia la cueva del agua maldita. Ésa en la que osar introducir mi mano consistía el reto del día.
Arañas, lagartijas, abejorros me saludan de regreso a su mundo abandonado.
Paseo mi mano entre los dedos pegajosos de la adelfa. Frente a mí el suelo que ya no riego, el árbol con mi nombre que no quiso crecer.
Del otro lado, el óxido pinta un grafiti abstracto sobre la cal que ya no es blanca.
Las rejas protegen este fortín de memorias de ojos profanos. Invitan a pasar de largo y bordear sus ángulos.
La vida está detrás, entre los olivos de cortezas sagradas. Una pugna por sobrevivir entre piedras y tierra dura.
Un alcornoque destaca cual atalaya silenciosa. Ofrece sus ramas fuertes, de abrazo o columpio.
La muerte trepa por él. La vida desciende de mí. Nos encontraremos en esa nube clara.

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No hay nubes

Porque estás en todas mis ciudades.
Porque cambias todas mis latitudes.
Grita el aire que ya viviste este tiempo.
Se quiebra la piedra que nunca pisaste.

¿No ves que ya me viviste?
¿Aún no sabes cómo amarme?

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