Viví en unos ojos
que contemplaban
una tierra
cegada de paz.
Navegué el mar
que fue río
y antes furia
que quiso volar.
Icé mis alas
al todopoderoso
cielo de olas
y eché a nadar.
Viví en unos ojos
que contemplaban
una tierra
cegada de paz.
Navegué el mar
que fue río
y antes furia
que quiso volar.
Icé mis alas
al todopoderoso
cielo de olas
y eché a nadar.
Llegó el día en que el espejo no alcanzaba,
tan lleno de risas estaba.
Rebosaba la felicidad como río de plata.
Llegó la noche sublime de luz infinita,
sueños de hielo embravecido.
Ceguera sorda de los mil colores.
Llegó la mujer, una criatura sin rostro,
y se miró en el espejo vivo.
Deseó ser feliz con esas migajas.
El mundo me muestra sus dientes,
¿es eso una sonrisa, una mueca
o el inicio de un mordisco?
Le ofrezco mis ojos cansados,
la ofrenda de todo lo que no veré
si me permite continuar mi camino.
El mundo habla, no más ojos,
no hasta que se sequen mis ríos.
Entonces qué, me digo y repito.
Nada de ojos, olvida las manos
y tus pechos, tengo de sobra
de buenas intenciones.
Susurra ahora tranquilo,
quiero tu corazón colmado
de sueños y amores por cumplir.
A tu lado
me convierto
en ribera.
Atalaya
donde mirar
tus crecidas.
Desde aquí
te conjuro,
amor mío.
Fluye leve,
con la luna
de mochila.
Eres hombre,
eres río,
agua sabia.
Guía de paz,
red de peces,
plancton plata.
No olvides
que te veo
y te beso.
Tengo problemas.
Tengo una nube gris en el pecho.
Tengo una voz que no llega al techo.
Tengo dramas.
Soy un país triste.
Soy una tierra dañada y débil.
Soy un lastre enfermo, febril.
Soy un chiste.
Quiero un milagro.
Quiero la catarsis del aire de los pobres.
Quiero la erosión de los viejos valores.
Quiero lo sacro.