El niño cebolla

El niño cebolla no hace llorar. Nada de eso. El niño cebolla aprendió a quitarse los abrigos, las mantas, las capas y las sombras que cubrían su alma.

Y aprendió a volar con solo cerrar los ojos. Y vio ciudades crecer, campos fructificar, mares mecerse suavemente con la luna.

El niño cebolla no se traga las palabras sino que las deposita cadenciosamente en la punta de su lengua. Las lame, las besa, las acaricia. Las muerde y ellas solitas se colocan en el orden justo. Es cuando te desarma. Te desvela y te desfiguras.

Se mira en el espejo de unos ojos que le ignoran. Y esa es su lucha. No desvanecerse. Sin encenderse. Sin llorar. Crecer y romper más barreras. Propias y ajenas.

El niño cebolla se ata los cordones de los zapatos a la tierra.

El niño dentro del niño.

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Segundo piso

Era un rellano muy transitado. Ocho ojos, cuatro puertas. Ella bajaba su soledad a pasear. Él subía a tender sus retales de alma al sol.

La rutina que descendía por los peldaños esperaba paciente en el zaguán a que alguien le abriera la puerta para escapar calle abajo.

Ella miraba sus pasos acompasados. Él clavaba la mirada ansiosa en el techo. Se olisqueaban sin querer al cruzarse en el rellano.

«¿Me enciendes la luz de la escalera cuando se apague, por favor? Llevo las manos llenas de tanto pesar».

«Claro», dijo ella. «Espera que suelto el mío».

Y se miraron por primera vez. En el segundo piso.

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Fuego

Cada canción es un pedacito de alma dedicada. Al amor, al horror, al error.
¿Quién te dedicará una canción, amor mío?
¿Quién juntará las rimas que avivan tu corazón?

El fuego siempre está por hacerse, nunca se termina. Déjame ser tus ascuas, reminiscencias de luces lejanas. Quemar las fronteras que separan las manos. Juntarte los labios con palabras recién recogidas de mi lecho. Beber las melodías que brotan de tu pecho. Dormirnos las espirales hasta que se estiren en luz y camino. Déjame ser tu cuaderno de notas rasgadas y disonantes. La inconclusión de todas tus historias proyectadas. Déjame ser borrador, boceto, esquema, esqueleto y proyecto. Déjame ser el fuego fatuo sobre tu tumba.

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Hay

Hay una lluvia de sol que no me moja.
Hay un paso que no quiere dejar huella.
Hay un camino que se me aparece en sueños.
Hay una caricia en el alma que quema las yemas.
Hay un segundo sin dueño que no quiere pasar.
Hay una palabra que se crea entre dos bocas.
Hay una sinfonía que pone música a mis miedos.
Hay un dolor que crece en soledad.
Hay un perdón que no quiere arrodillarse.
Hay un abrazo que abarca todo mi universo.
Hay una visión que enarbola tu bandera.
Hay un horizonte que perdió su norte.
Hay un día que sueña ser eterno.
Hay un amor que se hace fuerte al llorar.
Hay una posibilidad que habla con las paredes.
Hay un tú que no piensa en mí.

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Croché

Tarde de domingo. Sobremesa. Bajo lámparas de luz difusa.Terciopelo rojo nos acoge. Una música que cesó en el tocadiscos nos mece.

Yo me muerdo las ganas de dormir mientras me aferro a tu nuca.
Tú me llevas atrás en el tiempo como buen trovador aventurero.

Este lugar es nuestro aunque esté repleto de otras almas y más miradas.

Dos cafés. En dos tiempos. Dos vacíos. A dos calores. El color se queda dentro. El amor se empeña en besar el vidrio.

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