Salir del hoyo

Mi luz se pierde en tu cueva
Deslumbra a tus musarañas
Grita en tu boca de túnel
Quema tus párpados persiana

No me mires así, dices
Vuela más alto, me imploras
Hazte carne y agua, luz mía
Duerme en mi pecho, sueñas

Mi luz ya se quitó de en medio
¿Ves? Soy paisaje por olvidar
Pisada de espinas ensangrentada
La única rosa que creció en tu hoyo

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Presencia

Él juraba y perjuraba que se hallaba presente.
Que una gruesa y blanca capa de piel cubría su carne.

Yo solo veía muros, castillos de sábanas ondeantes y dolor, mucho dolor.
Demasiado dolor. Más del que podía contener su risa abierta.

Tócame, hazme presente, dijo.
Desenreda estas hojas de angustia de mis rizos, susurró.
Que no te ciegue la indiferencia, suplicó.

Dije que no con mi cabeza mientras le sonreía.
Y le canté la nana que cada madre nos regala al nacer.

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Un abrazo

Un abrazo tiene el sonido de dos alientos y un compás de huesos.
Un baile inmóvil de células que despiertan.
Del color de unos ojos clavados en la nada.
Un techo movedizo y una cama de carne.

Un abrazo se mueve sibilino y majestuoso buscando su corona.
Se alimenta de esperas e inquietudes vanas.
Duerme desvalido, andrajoso, sediento de piel.
Ciego a las piedras y hoyos del camino.

Un abrazo ni se da ni se recibe, se contempla desde dentro.
Ajeno al amor y al odio, a rencores y amistades.
Endulzado con lágrimas que brotan de sus poros.
Se dispone a morir cumplidas las veinticuatro horas.

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Amigos imaginarios

Los amigos imaginarios saben que calladitos se les quiere más. Ellos escuchan, asienten, cabecean justo en la dirección que nosotros deseamos. Y si tardan en reaccionar, balbucean o desprenden un halo de hastío, saben que peligra su seguridad etérea con un posible transvase a una masa de carne y huesos y sueños en forma de cuerpo mortal.

Los amigos imaginarios se quedaron sin alma el día del reparto universal. Cuando nadie les mira, desatan los cordones de las zapatillas que cuelgan de los cables de la luz y dibujan corazones sobre los cristales de las farolas de la ciudad. No hay candado ni cerradura que no sepan abrir.

Los amigos imaginarios revuelven cajones y colocan esa carta que no quieres releer encima de todas las demás. Odian ser comparados con elfos y duendecillos pues no saben reír. A veces se esconden detrás de perros o gatos cuando quieren dormir caliente. A la mañana siguiente se sacuden los pelos, preferentemente sobre pantalones negros.

Los amigos imaginarios no pagan con monedas ni billetes. Son eternos escapistas pero siempre regresan en el preciso instante en que les pensamos. Nos recuerdan que somos niños y que es bueno jugar mientras el mundo gira velozmente con sus ojos saltones intentando no salirse de las cuencas.

Los amigos imaginarios gritan cuando conseguimos poner la mente en blanco. Patalean y restriegan por toda la alfombra la mermelada de la tostada que olvidamos sobre el filo del plato. Sin alas pero tan etéreos. Sin voz y tan presentes.

Los amigos imaginarios necesitan de tus abrazos para subsistir. Casi tiernos, casi enfermos. Cuídalos. Créalos. Ámalos.

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Sueños

Dicen que los sueños no duelen, que duele despertar de ellos.

Cómo explicar que, silenciosos, los sueños me hablan de ti. Me acarician cuando no estás, me erizan, lamen el sudor de la piel que te llora.

Es cuando grito de placer que despierto y los sueños se hacen pequeños, diminutos, dos sombras negras del tamaño de tus pupilas.

Los sueños me ven mutar de niña a mujer y de vuelta al candor. Y yo les guiño mientras hago girar una piruleta en mi boca.

Arremolinados me señalan con su dedo inmortal. Se carcajean y moldean mi carne en jirones de nube.

Me retuerzo porque no estoy sujeta, porque no hay barreras que me guarden de ti, porque puedo merodear de horizonte a horizonte y sé que siempre estarás donde el sol se asoma al precipicio.

Y el principio es el final de cada sueño. La herida abierta. Los rayos de sol. La luna quebrada. La roca calcinada de los malos humores.

Abro los ojos. Sacudo el felpudo del corazón. Entra, pasa, el silencio es tu casa. Canta, aquí no hay ecos. El tempo se paró. La melodía se apea de la sangre.

Pasado o futuro, todo está presente.

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