Dedicado

Cuando viste de negro ella es toda pupila. La luz se arremolina en torno a sus brazos, masajea su cabeza y la pinta de siete colores cambiantes y conocidos.

Ella guarda sus manos en los bolsillos del pantalón. Sus membranas de paz se perderían entre la multitud.

Duerme con el reflejo del sol en la mesilla de noche. Gira el arco y la flecha apunta directa a las pesadillas que están por nacer.

Ella conoce el veneno que apacigua los ojos. Habla entre pausas de diafragmas antiguos.

Tiene el alma vieja de sufrimientos refractarios y destila un dulce irisado invisible a ojos mortales.

Los rayos luminosos de algún Dios intentan opacar su libertad, pero ella es el iris que nada ve pero todo colorea de amor.

Ella fue dolor permeable. Ahora juguetea con la posibilidad de ser pensamiento sin memoria en las alturas indefensas de nubes y mares.

Mírate, no busques más. Ella está ahí contigo sobre la fría piel irisada del espejo.

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Llanto de hombres

Nunca vi llorar a mi padre. Nunca le vi caer. Dolerse sí. Pero nunca una lágrima vi recorrer sus pómulos ni sus arrugas. Ni siquiera cuando sabía que estaba por morir. No se retorció. No se lamentó. Su mirada por fin se serenó y sonrió. Mis hermanos lloraron por él.

Desde entonces no puedo ver un hombre llorar sin hacerlo yo también.

He lavado lágrimas con las mías. Mis manos como cuencos han recibido ese mar. He dibujado sonrisas en mi cara mientras comulgaba ese precioso momento. He soplado levemente para cambiar el curso de una lágrima, para dominarla. Las he lamido y he devorado así penas ajenas.

He vuelto ver llorar a un hombre y me ha frustrado no poderle abrazar. He llorado con él y después que él. Su imagen ha vuelto a mí a menudo desde entonces y cada vez ha limpiado más profundamente mi visión. He vuelto a llorar por dentro. Mientras río o hablo banalidades mi corazón llora. Solo yo lo sé.

Él lloraba. Se hacía más fuerte. Más sabio. Recordaba un dolor. Por eso le admiro. Yo lloro porque mi corazón se alegra de que haya corazones en este mundo que lloran como mi padre no supo hacerlo.

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La libreta

Más de veinte años. Y la mierda sigue flotando.
Más agua, muchas lágrimas después, y las letras que no se ahogan.
Un bolsillo interior de un abrigo pasado de moda. Un doble fondo de raso.
El silencio se había quedado en su garganta a vivir.
Nombres de mujer. Dolorosos de pronunciar en cualquier otra boca. Números. Fechas. Lugares.
El esqueleto de un diario amoroso.
Un antifaz triunfal hecho confetis en la papelera.
Una cerilla, un fuego que jugó a desordenar nombres y a emparejarlos en placeres inimaginables.
El descubrimiento fue la imposibilidad de no cambiar el curso de la memoria.
El fuego fue el cómplice. Y la alquimia lo transportó con su alma.
Ya no habrá más dolor, solo el que la imaginación permita.
Ojos cerrados por amor.

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