Sueños

Dicen que los sueños no duelen, que duele despertar de ellos.

Cómo explicar que, silenciosos, los sueños me hablan de ti. Me acarician cuando no estás, me erizan, lamen el sudor de la piel que te llora.

Es cuando grito de placer que despierto y los sueños se hacen pequeños, diminutos, dos sombras negras del tamaño de tus pupilas.

Los sueños me ven mutar de niña a mujer y de vuelta al candor. Y yo les guiño mientras hago girar una piruleta en mi boca.

Arremolinados me señalan con su dedo inmortal. Se carcajean y moldean mi carne en jirones de nube.

Me retuerzo porque no estoy sujeta, porque no hay barreras que me guarden de ti, porque puedo merodear de horizonte a horizonte y sé que siempre estarás donde el sol se asoma al precipicio.

Y el principio es el final de cada sueño. La herida abierta. Los rayos de sol. La luna quebrada. La roca calcinada de los malos humores.

Abro los ojos. Sacudo el felpudo del corazón. Entra, pasa, el silencio es tu casa. Canta, aquí no hay ecos. El tempo se paró. La melodía se apea de la sangre.

Pasado o futuro, todo está presente.

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El primer latido

¿Alguien recuerda su primer latido?

Yo no, pero su eco irrumpe en mi cabeza cada mañana al despertar. Una pulsión cada vez que alguien me mira de frente y me ve. Desnuda, con una fina capa de harapos vitales deshilachados. La mitad de un pecho al aire, el pezón zozobra apuntando al cielo y late, inesperadamente, un bravo latido.
Ese es un latido provocado.

En cambio, el primer latido fue uno como este. Tan inmenso que me provoca vomitar estas letras y jugar con las vísceras que las amalgaman. Aquí no hay nada que ver, despejen mi perímetro funcional. En estas entrañas no hay futuro que se pueda leer.

Esto es ahora y el compás se acaba cuando se acalla el latido con el siguiente. Que vendrá.

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