Dedicado

Cuando viste de negro ella es toda pupila. La luz se arremolina en torno a sus brazos, masajea su cabeza y la pinta de siete colores cambiantes y conocidos.

Ella guarda sus manos en los bolsillos del pantalón. Sus membranas de paz se perderían entre la multitud.

Duerme con el reflejo del sol en la mesilla de noche. Gira el arco y la flecha apunta directa a las pesadillas que están por nacer.

Ella conoce el veneno que apacigua los ojos. Habla entre pausas de diafragmas antiguos.

Tiene el alma vieja de sufrimientos refractarios y destila un dulce irisado invisible a ojos mortales.

Los rayos luminosos de algún Dios intentan opacar su libertad, pero ella es el iris que nada ve pero todo colorea de amor.

Ella fue dolor permeable. Ahora juguetea con la posibilidad de ser pensamiento sin memoria en las alturas indefensas de nubes y mares.

Mírate, no busques más. Ella está ahí contigo sobre la fría piel irisada del espejo.

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Mala memoria

Tengo un cuervo que en cada nuevo amanecer hinca su pico en mi cerebro, escarba, voltea, embarulla; con ganas o indolentemente, pero siempre a la búsqueda de ese recuerdo que se ha ido escurriendo hacia abajo, al fondo olvidado de entre toda la maraña. Estabas aquí, dice. Sal, no te escondas. Hoy es tu día. Brilla.

Los hay pesados como una lápida y livianos como nube de cielo de verano.

No hay dos iguales, pero pueden salir de dos en dos, encadenados como estaban por su tiempo o por su espacio.

El cuervo gusta de sacar primero los de tonalidad ocre, o quizás los de un sepia apolillado. Los deposita sobre la cornisa para que los elementos les devuelvan la emoción, un calor y olor perdidos. Él llama a este momento el baño de la memoria. Nadie se puede acercar a este improvisado altar sin marcharse con unos merecidos picotazos. Nadie nunca se ha podido llevar estos recuerdos en coma a otro cuerpo o a una caja llena de cartas y fotografías desvaídas.

Por ejemplo, hoy el cuervo encontró un recuerdo feliz aunque amarillento. Una sombra en un camino de tierra. Unas ruedas, unos brazos aferrados a un manillar, otras manos sujetando la rueda trasera, o ¿la estaban impulsando? Una sonrisa y una nueva libertad.

El recuerdo volvió a brillar como el sol de esa tarde estival. Y volvió a morir, como murió esa niña que tontamente se olvidó de mirar a la cara a quien le enseñó a montar ese día en bicicleta.

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La libreta

Más de veinte años. Y la mierda sigue flotando.
Más agua, muchas lágrimas después, y las letras que no se ahogan.
Un bolsillo interior de un abrigo pasado de moda. Un doble fondo de raso.
El silencio se había quedado en su garganta a vivir.
Nombres de mujer. Dolorosos de pronunciar en cualquier otra boca. Números. Fechas. Lugares.
El esqueleto de un diario amoroso.
Un antifaz triunfal hecho confetis en la papelera.
Una cerilla, un fuego que jugó a desordenar nombres y a emparejarlos en placeres inimaginables.
El descubrimiento fue la imposibilidad de no cambiar el curso de la memoria.
El fuego fue el cómplice. Y la alquimia lo transportó con su alma.
Ya no habrá más dolor, solo el que la imaginación permita.
Ojos cerrados por amor.

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Retrato

Ella, una hija de la tierra que todas las noches soñaba con elevarse por encima del castillo. Trabajaba duro para conseguirlo. Sus manos, regordetas y encallecidas, no habían trabajado la tierra pero desde su nacimiento imitaban las ramas de las que se colgaba y que le servían de improvisada atalaya.

Plena en carnes y en ideas. Soltera y solitaria por decisión propia, se había curtido con una gruesa capa de ironía con la que se defendía del frío vital y humano. Cuando de hombres se trataba, la capa supuraba aceite que la impermeabilizaba completamente. No podía llorar a la vez. Tampoco era un problema.

Apasionada comedida, porque todo era medible y catalogable, bajos instintos incluidos. Su visión de rayos X sobre cine, música o literatura, chocaba con las disecciones que había perpetrado instantes antes de mirar. La ficción era una realidad donde mecerse, acurrucarse y esperar una pirueta que la despertase de su letargo embrionario.

Soñadora analítica. La voluntad de no permanecer sufriendo en esta vida más de lo indispensable la llenaba de orgullo y de armas bajo la piel. Volar, sublimar, sobreponerse al tedio de mirar con indulgencia a los que la rodeaban. Escapismo ilustrado en un orden sobrio, recatado, mojigato. Una antiestética lucidez imposible de amar si no era debido a lazos de sangre.

Tan altiva que este su retrato se ha escrito desde la última grada de la memoria.

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