Delicada mente

Imagino tus manos
grandes y suaves
como madera recién pulida.

Los nudos en tu alma
desatan bajas pasiones,
pájaros anidan en tus melodías.

Una escalera de hiedra
me eleva hasta tu nube,
un cobertizo de sol y estrellas.

Tu voz húmeda de lodo
se aferra a la tierra,
salvaje caballo blanco doblegado.

A Nick Drake

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Bailar el alma

Hay algo sagrado
que nunca conocerás,
o quién sabe,
la vida te llevará
al borde del ojo
y de ahí saltarás.

Dejas poco en lo dado,
absorbes la calma
y te vas, ciego,
al encuentro del mar,
al ombligo del otro,
al espejo del mal.

Atas la intimidad
en promesas de paz,
quieres aprender
de los maestros en celo,
guardando los nudos
en tu alma mortal.

Yo amo el amor,
siento la nube al respirar,
la brisa fresca del respeto,
los dedos nuevos del rosal
que apartan las espinas
de tu suave caminar.

No llores en vano,
no profanes el altar
que mueve el mundo,
el que hace bailar el alma
entre pájaros de agua,
sin miedo al salto final.

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Hierba de noche

Juntaba los dedos en oración,
la tierra removida a sus pies
de tanto pensar.

El cielo movía sus ojos de luz
arriba y abajo buscando señales,
el hábito diario.

Reía la noche, la veía dormir
acurrucada en la raíz del sauce,
nudos de savia.

Por fin llegó la hora húmeda,
oscuridad nacida para escarbar,
hierba de noche.

Para Estefanía González

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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