Somos tan importantes,
inmensos en nuestra gran piel,
en este gigantesco caparazón.
Qué importantes somos
y qué pequeña nuestra sonrisa.
Somos tan importantes,
inmensos en nuestra gran piel,
en este gigantesco caparazón.
Qué importantes somos
y qué pequeña nuestra sonrisa.
No quería convertirse en ella,
en una mueca,
otra de esas tan manidas y presentes.
A caballo entre el disgusto,
la reprobación,
y la sempiterna y oscura decepción.
En cada ocaso de luz y piel,
rezaba queda,
esperando relajar arrugas en su cara.
La culpa es de los demás,
decía el espejo.
Y ella asentía, guiñaba, gesticulaba.
Así fue.
La mueca se mudó esta mañana.
Un sí definitivo.
Y el destino se burló al fin de su belleza.
Con la verdad por delante,
con la verdad fea, incómoda.
Ven con la verdad que duele,
y si no me hiere, mejor no vengas.
Con besos que me derritan,
con los labios abiertos, libres.
Dame besos nuevos, puros,
y si no lo son, mejor no me beses.
Queda todo el universo por recorrer y besar.
Queda la esencia de nuestras almas por destilar.
Quedamos tú y yo, en estos cuerpos o en los siguientes.
Quédate, ya el tiempo se agota y el creador descansa ya.
Agáchate, baja tu cabeza,
vas a nacer.
Para tu discurso, escucha,
algo explota.
Muévete con el río de gente,
disuélvete.
Abandona tus cromosomas,
sé un robot.
Soy la anestesia que respiras,
soy el vacío.
En un río blanco como ese
encontré la corriente oculta
del mar de los deseos.
La piel, húmeda de luz,
sorbía el roce de las almas,
algas de fuego derretidas.
Ya no existía el tiempo,
disuelto como estaba
en memorias de agua.
Brillos, susurros, goces
de antes de conocernos
y de futuras miradas.
En un río blanco como ese
se hunden las generaciones
que aman sin saberlo.