Amor dice

Amor dice que echa de menos estar dentro de mí.
Amor sueña con verse reflejado en mi sonrisa.
Amor quiere volver a tocar a través de mis manos.
Amor anhela saberse imprescindible.

Amor, ya no me uses más. Yo jamás te dejé olvidado en el cajón de los calcetines. No me reproches, no me grites, no me hables, no me susurres al oído. Busca otro cuerpo, otra mirada hecha túnel, otra luz al final de otro amor. Pierde el tiempo en otro laberinto. Derriba otro muro virgen. Sigue la estela de cualquier lágrima. Déjame sola, vacía, informe. Suéltame tal y como me encontraste.

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Mala memoria

Tengo un cuervo que en cada nuevo amanecer hinca su pico en mi cerebro, escarba, voltea, embarulla; con ganas o indolentemente, pero siempre a la búsqueda de ese recuerdo que se ha ido escurriendo hacia abajo, al fondo olvidado de entre toda la maraña. Estabas aquí, dice. Sal, no te escondas. Hoy es tu día. Brilla.

Los hay pesados como una lápida y livianos como nube de cielo de verano.

No hay dos iguales, pero pueden salir de dos en dos, encadenados como estaban por su tiempo o por su espacio.

El cuervo gusta de sacar primero los de tonalidad ocre, o quizás los de un sepia apolillado. Los deposita sobre la cornisa para que los elementos les devuelvan la emoción, un calor y olor perdidos. Él llama a este momento el baño de la memoria. Nadie se puede acercar a este improvisado altar sin marcharse con unos merecidos picotazos. Nadie nunca se ha podido llevar estos recuerdos en coma a otro cuerpo o a una caja llena de cartas y fotografías desvaídas.

Por ejemplo, hoy el cuervo encontró un recuerdo feliz aunque amarillento. Una sombra en un camino de tierra. Unas ruedas, unos brazos aferrados a un manillar, otras manos sujetando la rueda trasera, o ¿la estaban impulsando? Una sonrisa y una nueva libertad.

El recuerdo volvió a brillar como el sol de esa tarde estival. Y volvió a morir, como murió esa niña que tontamente se olvidó de mirar a la cara a quien le enseñó a montar ese día en bicicleta.

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Llanto de hombres

Nunca vi llorar a mi padre. Nunca le vi caer. Dolerse sí. Pero nunca una lágrima vi recorrer sus pómulos ni sus arrugas. Ni siquiera cuando sabía que estaba por morir. No se retorció. No se lamentó. Su mirada por fin se serenó y sonrió. Mis hermanos lloraron por él.

Desde entonces no puedo ver un hombre llorar sin hacerlo yo también.

He lavado lágrimas con las mías. Mis manos como cuencos han recibido ese mar. He dibujado sonrisas en mi cara mientras comulgaba ese precioso momento. He soplado levemente para cambiar el curso de una lágrima, para dominarla. Las he lamido y he devorado así penas ajenas.

He vuelto ver llorar a un hombre y me ha frustrado no poderle abrazar. He llorado con él y después que él. Su imagen ha vuelto a mí a menudo desde entonces y cada vez ha limpiado más profundamente mi visión. He vuelto a llorar por dentro. Mientras río o hablo banalidades mi corazón llora. Solo yo lo sé.

Él lloraba. Se hacía más fuerte. Más sabio. Recordaba un dolor. Por eso le admiro. Yo lloro porque mi corazón se alegra de que haya corazones en este mundo que lloran como mi padre no supo hacerlo.

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Insondable

Piedras, ramas, lecho, algas, vida. Las manos deseaban alcanzar el centro de la tierra y aquella vena de agua solo la arrastraba hacia otro centro diferente. Algunos kilómetros río abajo sentía el latido de los peces, las carreras incansables de los cangrejos en la orilla, la música de las gaviotas, el amor de las olas besando la orilla.

Se dio la vuelta. Era el momento de dejarse llevar por la corriente. Las palmas temblaron por el peso de los guijarros. Una libélula planeó a escasos centímetros de su mentón. Podía haberla besado de haberse incorporado en ese instante. Pero no. La placidez del agua bajo su cuerpo. Pequeñas ondas despeinaban y volvían a ordenar sus rizos. Cerró los ojos. Su madre lo hacía con el mismo cuidado. Y su hermano pequeño aprendió de ella, pero nunca supo evitar darle tirones cuando se le formaban nudos. Sonrió.

Pataleó fuerte en el agua. Aferró más fuerte las dos piedras en sus puños. Quemaban. Un pájaro se paseó entre las nubes, saltando del dragón a la sirena al niño-monstruo-calamar hasta posarse en un sauce de la ribera. ¿Qué hacían todas esas caras observándola? ¿Por qué sus bocas entreabiertas no articulaban palabra? Se puso en pie, alcanzó el vestido que colgaba de la rama más baja, descorrió la cortina de arpillera y mojó el óleo aún fresco con uno de sus rizos al pasar. El retrato ya no sería el mismo. Ella tampoco lo era ya.

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Equilibrios

Cuando no sabes por dónde empezar, lo primero que hay que hacer es mirar lo que se encuentra bajo tus pies. ¿Es el suelo una cuerda, un hilo de metal, un tejado, una nube, un camino, un río, un cuerpo sin vida?

Ahora abre los ojos. Ese suelo de madera, de gres, de cemento o esa hierba artificial, ¿te dan seguridad?

A mí la seguridad me la da mirar hacia mi brazo y mi mano extendidos y ver que no tiemblan. Sentir que puedo acumular muchas lágrimas mientras dibujo una sonrisa. Es pasarme horas deshaciendo nudos en el estómago. Cantando quedito. Mascullando mantras que invento solo para mí. Nanas de ultratumba como corteo fúnebre.

Luego viene abrir la ventana, dejarme inundar por el río de sonidos de la ciudad. Pienso que ninguno de esos ruidos lleva mi nombre y súbitamente todo es silencio. Sin embargo, una melodía permanece. Es una composición que varía de vez en vez, formada por todos los gemidos que mi piel puede recordar. Hay nuevos, viejos. Y cuando resuena, lugares en mi cuerpo erizan sus vellos como banderas plantadas reclamando su patria. Un roce, otra caricia, y amarán otro país, otro recuerdo, otra piel.

Miro hacia abajo y veo las copas de los árboles. Abro los ojos y veo mi delgado alambre de funámbula, y aire.

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