Soplo al corazón

Soplo y soplo al corazón,
esperando secar la herida
antes que la lágrima nazca.

Somos nubes por formar,
bailando la danza de las aves
que no planean regresar.

Síntomas de un dorado viejo,
las miradas dudan si soñar
en los tiempos que vendrán.

Cada ojo despierta a su hora,
a la luz de la sabiduría
o al compás de la paz.

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Esperé

Esperé.
Esperé paciente.
Escuché tenaz
tu cuerpo compacto
hablar por horas.

Esperé.
Asumí diligente
el tono mordaz.
La espera de algo,
una boca por soñar.

Esperé.
Me convertí en gente
y no fui capaz
de dar el salto.
Escuchar sin obrar.

Esperé.
Alucinada la mente,
callé contumaz.
Rebeldía en saldo,
un alma sin hogar.

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La mujer del vampiro

Bellos son sus ojos,
y bello el reverso de su piel.

Él lo sabe, conoce bien
cada milímetro de herida.

De noche, solo sangre,
no existe cuerpo ni alma.

La pasión, al amanecer,
se duerme con nanas frías.

Otra vez en la muerte,
el mundo espera su beso.

La mujer del vampiro
desea ser torpe y reír fuerte.

Quiere caer en el sonido
de la luz amable, y morir.

Morir o vivir, da igual,
tan solo mutar en intangible.

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Mediodía

No vengo de comprar el pan,
ni el periódico ni la leche,
pero me siento en el banco
todavía húmedo como si lo hubiera hecho.

Las manos en los bolsillos
del abrigo buscan instintivamente
migas para alegrar a las palomas.
Mas solo guardan el tibio final de la mañana.

El mediodía ilumina triste
las gotas sobre la hierba
que aún resisten el tiempo.
El sol se escapa silencioso a otro barrio.

Los aviones allá arriba juegan
a formar nubes a su paso.
Tras unos segundos, la línea
se quiebra y el azul la devora con ansia.

Este podría ser mi banco,
o aquel otro enfrente mío
ser mi lugar en el mundo,
pero ¿quién quiere sentarse a ver derrumbarse el mundo?

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Petanca

Cada cual protege la suya,
la acaricia, la abrillanta,
la soba cual seno de mujer.

La arrojan muy lejos de sí,
pero no la pierden de vista,
en un tira y afloja del alma.

A lo lejos, todas lucen iguales,
baqueteadas, mordisqueadas,
mas cada una es historia única.

Una lleva cruces rojas pintadas,
polos sangrantes en que caer,
otra tres circunferencias cicatriz.

Hay quien se agacha para recogerla,
exhala un «ay» y la cadera cruje, otro
con cordón e imán, invoca la magia.

Llega ya el entretenido empate decisivo,
las distancias se miden y vuelven a medir,
no se permite margen al error ni a la pelea.

Al final se queda sola la bola más pequeña,
la intrusa, la jueza, la deseada y divina esfera.
Que nadie se olvide de ella, pues ella es el juego.

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