Cuatro casas

Tengo cuatro casas.

Una, la de mi madre,
la teta nutriente
de abdomen incesante.

Dos, el hogar por hacer,
el proyecto inconcluso,
los muros de aire.

Tres, el lecho en las alturas,
el abrazo desnudo
de simiente fértil.

Cuatro, el refugio del alma,
el retoño de sueños,
mi laberinto con ventanas.

Tengo cuatro casas,
y todas las habito.

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Estrella invitada

Se dejó romper en millones de pedazos.
En polvo minúsculo, brillante y travieso.
Cayó, subió, y volvió a sumirse en las tinieblas.

Este viaje se gestó desde las sombras.
Desde el útero de los humedales del alma.
Empezó con un sí y se perderá en el infinito.

Un silencio como respiración de galaxias.
De los ojos que se vierten en tibias manos de leche.
Era noche cerrada cuando abandonó su vida a la deriva.

La estrella suspiró todos los halos dorados.
Soy el pasado que nunca alcanzaste, me dijo.
Y su estela escribió un garabato inocente en mi pecho.

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Calcetines

Me dijo que ya no sentía el camino,
que la piedra blanda
guiaba sus torpes pasos
a través de gentes ciegas.

Cruzó países desoyendo las fronteras,
que ignorantes y crueles
le preguntaban cuál era
el color de su alma y de su piel.

Ahora descansa en lo angosto de la vía,
junto al ganado y la zanja.
Su brújula, una línea imaginaria,
su pasaporte, una Biblia vacía de fe.

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Juego de sábanas

A la deriva somos olas blancas,
ante el inmenso mar de una mirada,
bajo el roce leve de tu carne seda.

Cabe tu beso se encuentra la pasión,
con las manos te templo el alma,
contra el tiempo pierdo mi sexo.

De nuevo soy reflejo de tus lágrimas,
desde el balcón de tu pelo caigo
en la marea furiosa de un abrazo.

Entre sábanas empezamos el camino
hacia nuevas tierras indómitas,
hasta un horizonte de piel plena.

Para nosotros será siempre un juego,
por la risa, por la vida, por la muerte,
según un evangelio pisoteado.

Sin duda somos aprendices de sombras,
so pena que la noche nos alcance
sobre las ascuas del día, aún bailando.

Tras el alma me postro como sed en llamas.

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Ansiedad

Ese vacío que chupa el alma,
la adicción bonita,
la casta puta.

Es nuestro vicio del plural,
de los antiguos sinsabores,
de cadenas carnales.

Sirve un abrazo como hechizo,
como duda última y maltrecha,
un hoy eterno.

Lluvia sobre mentes secas,
charcos en los laberintos,
rodeos que transitar.

Sin culpa no hay mundo,
sino hambruna para la cerrazón,
sigilosa en su grito cegador.

La tuya, las mías, las de todos.
Ese peso, sin más contrapeso
que una dieta de amor.

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