Conversamos

Volaba leve sobre las baldosas.
Su mano acariciaba el aire dudosa,
rasgaba mudo el aliento del viento.

Cruzamos la esquina a la vez,
un roce de su alma me impulsó a seguir
deprisa con mi vida acelerada.

En silencio me llamó su voz,
un clamor de pupilas en mi espalda
y su cuerpo sobre el pavimento.

Acudí al epicentro de sus ojos,
a la nube verde y azul y ocre,
y hablamos de lo frágil del tiempo.

Conversamos del dolor de la vida
que le ahorramos a quien nos ama.
Conversamos toda una vida en una mirada.

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Solo quiero caminar

Solo quiero caminar
hacia el mar de nubes blancas.

Solo quiero respirar
el oxígeno de tus canciones.

Solo quiero proteger
el afecto de los incomprendidos.

Y si el beso quema,
ungiré aceite con sal en mis venas.
Pues no hay vida
sin amor que al alma no duela.

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Mi único recuerdo de la guerra fue…

Mi único recuerdo de la guerra fue la muerte de mi hermano.

No serían más de las doce del mediodía, y el llanto de mi hermano recién nacido resonaba en las cortezas del alcornocal. Superaban los gritos de mi madre entre los muros de la casa. Todo era posible, la vida o la muerte; y la comadrona ladeó la cabeza. Sí, yo lo vi, fue un leve no.

Una vez enjuagada la sangre, pude abrazar por primera y última vez esa carne tan blanca, tan blanda y tan extraña. El sol me cegaba cuando quise escapar del dolor de su visión. Ya nunca más temería la muerte. La guerra fue solo un giro de cabeza.

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Fortalezas

Algún día te contaré sobre la fortaleza que se deshizo en su propio foso.
De los esposos que murieron sofocados en su bello torreón de marfil.
De todo ese dolor que queda en nada, en brisa leve de playa sin mar.

Te contaré todas las veces que sangraron mi alma las agujas del tiempo.
De todos los hombres buenos que tiraron monedas al fondo de mi fuente.
De los deseos cumplidos, de las promesas reencarnadas en caricias.

Muy pronto verás en mi pecho la forma de todas las nubes que toqué.
De las delicadas subidas y bajadas del aliento de todos los amantes.
De la vida dichosa, de la luz que se perderá en una dedicatoria no escrita.

Y un día dejaremos en el bronce de las Parcas nuestra ofrenda de besos.
De los suplicados, los dados, los robados, de los paisajes sin lugar.
De toda la humedad de unos labios entreabiertos, a punto de morir.

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La piel de la nube

Hoy una nube me cambió de forma
Me iluminó de amarillos y naranjas las pupilas
Encendió mis farolas y apagó el atardecer

Hoy mi savia corre más lenta
Me crecieron ramas en las raíces y
La navaja escribió sobre mi piel: «eres un cielo»

Hoy la muerte me dijo «tenemos que hablar»
Escupió un falsete sobre mi corazón olvidado
En un baúl de memorias, panteón de dolor

Hoy los galgos inflaron sus costillas
Orgullosos de oler nubes mandarina
Tesoro de polizones de esta hundida ciudad

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