Este cielo en blanco me recuerda el día en que estiré los brazos por última vez intentando tocar una nube.
Sabía que allá arriba se escondía, esa nube salvadora, esa red de hilos de seda virgen, ligera pero fuerte.
Y ese día mi alma se alzó, sobrevolando la ciudad de latón y piedra, un reposapiés gris de amargura.
Mi mano tijera lista para desnudar la metrópoli de artificios y cortarla por la línea de puntos de sus avenidas.
Era una tarde de playa, tumbada sobre las arenas doradas del tiempo, el reloj se dejaba broncear.
¿Alguien me escucha si grito desde esta bóveda clara? Dios, déjame tocar esa nube, no me hagas llorar.
Etiqueta: poesía
Esa sustancia
No es un sueño, son tres puertas que no se abren.
La primera es la del prejuicio, el cerebro locuaz.
La segunda es la de la distancia, el corazón en paz.
La tercera es la del futuro, esa sustancia del bien.
Caracola de ciudad
Soy una caracola de ciudad sobre un tejado efímero. Dispuesta a todos los que desean escapar de la urbe. Nacarada al tacto, mis arrugas son imperceptibles muescas del paso del tiempo entre mano y mano. Un desahogo gigante, una oreja descomunal, sirviente callada, una geisha occidental.
Quien me tiene bien aferrada se moja el pensamiento en mi mar interior, un lago salado con oleaje de salvación. Quien me apoya sobre su almohada navega en sueños al escuchar mi crepitar de burbujas.
Aquí dentro el silencio es utopía, el agua nunca descansa. En mi forma de caracola soy inmortal.
Testamento
En mi testamento dejaré
todas las palabras que no quisiste oír,
todo el sudor de mis uñas
y las lágrimas de mi vientre.
Todo lo que puedo legar
cabe dentro de una caricia palpitante,
una armadura de piel,
un eco de buenos días.
Mi última voluntad será
que tu silencio escuche mi postrer aliento,
viento de flores caducadas
en jaulas doradas por el sol.
En mi próxima vida veré
el fondo del mar que no me atreví a cruzar,
los tesoros ocultos detrás
de la sombra de tus ojos.
Horas cortas
Las horas cortas contigo
duran el pestañeo de un alma,
drogadas de sol y ternura
se deslizan por mis medias de red.
Ay, el brillo de unos ojos
ilumina la casa, y sus ratones
buscan otro hogar, más sombrío,
más húmedo, menos aireado.
Ya se cuela el primer rayo,
ya se abraza la luz con la noche que escapa
a otro continente,
a ser paño de lágrimas de estrellas bebé,
las sedientas de leche,
las hambrientas de tiempo.
