La sombra del lago

En el filo de la ventana
que no corta la carne
sino el viento entre fuera y dentro.

Planto la barrera de luz
frente a cielos estrellados
y manos que no saben qué agua besar.

La naturaleza aplaude lejos,
se sacude las gotas de amor
y moja el sudario de tierra yerma.

Sobra una hoja en mi pelo,
vuela de mí hasta su muerte,
donde las vírgenes lloran sus hijos.

La sombra del lago convexo es
niña, mujer, anciana de plata,
tumba de todo lo que hizo y ya olvidó.

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Hierba de noche

Juntaba los dedos en oración,
la tierra removida a sus pies
de tanto pensar.

El cielo movía sus ojos de luz
arriba y abajo buscando señales,
el hábito diario.

Reía la noche, la veía dormir
acurrucada en la raíz del sauce,
nudos de savia.

Por fin llegó la hora húmeda,
oscuridad nacida para escarbar,
hierba de noche.

Para Estefanía González

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Nube azul

Cielo arriba,
y ahí estoy yo:
boca con alas,
lengua de pájaro.

El sol mira mi
torpe aleteo.
Cabeza gacha,
oración en tierra.

No hay sombra
cruzando mi vuelo.
Nunca tan alto
llegará la nube.

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Me declaro Eva

Me declaro Eva,
culpable de mi herencia,
poco más que un cliché velado.

En busca del cielo
abro los ojos de noche,
alas heridas en pleno vuelo.

Viaja la poesía
veloz cual enamorado,
a su paso jirones de tierra.

Deseo de amnesia,
historia en blanco de mí.
No más lágrimas sin comandante.

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Pecho desnudo

Este pecho es un páramo tranquilo.
Sopla el viento recio sobre la tierra
que se endureció tras morir el verano.

Un solitario perro corretea en círculos.
No hay sombra que le abrace,
su dueño le devolvió la libertad salvaje.

Su hocico huele la tormenta.
Anhela encontrar un lecho de sombras
o por lo menos una casa bajo unas ramas.

Llega el ruido, el rayo, la palabra.
Agacha la cabeza, retuerce las orejas.
Está solo, libre e indefenso frente al grito.

Ojalá conociera la plegaria adecuada,
mas de su boca solo ladridos nacen.
Y Dios nunca entendió de quejas sin amo.

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