Corazón de cera

Hace ruido.
Y pincha.
Vive su propia vida.
Te mira de reojo
cuando sacas a pasear tu sombra.

Gira loco.
Y baila.
Desnudo y caliente.
Abraza farolas
que le recuerdan al árbol caído.

Vive dentro.
Respira.
Chorrea cera dulce.
Preparado está
a lamer los amores que no uses.

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El tupé del diablo

El demonio espera,
no hace otra cosa que esperar.
Fuma cigarrillos de cristal,
se atusa el pelo,
se deja olisquear.

De una mujer a otra
posa su mirada rancia y milenaria.
La máquina del amor, sin gasolina,
aguarda en el callejón
donde ya nada es.

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Mujeres y hombres

Vamos a separar esta dualidad,
el sexo del amor
y el amor de la realidad.

Veo al animal agazapado,
atento al placer
que eriza la pared detrás suyo.

Los ojos buscan sensualidad,
las manos listas
a seguir mapas sin trazar.

Sin orgullo somos seres libres,
una mala caricatura
de las nubes tras el secuestro.

La mujer se eriza sigilosa
con púas de cristal,
no da tiempo al hombre a pensar.

La voluntad es débil o fuerte,
según la lógica fiel
de cada momento, de cada latido.

Dejemos de imitarnos de lejos.
Entre la vida y yo
hay cordones umbilicales secos.

De esas viejas ambiciones nuestras
solo el presente queda,
perdido en un río de emociones.

Unamos tu verdad y mi realidad,
y viceversa, con arte,
pues esta historia aún no salió a escena.

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Pintando margaritas de blanco

La tinta de este amor no se ha secado aún,
y ya andamos dibujando sonrisas en otras almas.

Son ríos de luz los que separan tu orilla de la mía.
Hay un techo de cuervos velando nuestros recuerdos.

Es un imán sin reloj, un tiempo hundido en la arena,
y vamos perdidos, sin rumbo, pintando margaritas de blanco.

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La piedra en el cielo

Vagan mis ojos lentos
al paso de las hojas.
Hojas de un fiel blanco,
paraíso de poetas.

El cielo doma la tarde,
la estira, masca, doblega.
La noche espera su turno
sobre las margaritas desnuda.

Me quiere, no me quiere,
la vida en un pétalo.
Una masacre alba sin sentido,
un pasatiempo en los labios.

El trabajo, las horas de hoy,
se vuelven agua en el erial.
Fino equilibrio de sudor y solaz
para el alma que siembra su paz.

La nueva hoja despliega su ala,
reza, implora a la nube que caiga
con toda su fuerza y estruendo,
que la acaricie y no se distraiga.

Una lágrima cae y horada la tierra,
se calma el deseo, el río descansa.
Allá en el cielo la piedra ensancha,
colmada con nuestros tropiezos.

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