Cuatro casas

Tengo cuatro casas.

Una, la de mi madre,
la teta nutriente
de abdomen incesante.

Dos, el hogar por hacer,
el proyecto inconcluso,
los muros de aire.

Tres, el lecho en las alturas,
el abrazo desnudo
de simiente fértil.

Cuatro, el refugio del alma,
el retoño de sueños,
mi laberinto con ventanas.

Tengo cuatro casas,
y todas las habito.

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Pecho desnudo

Este pecho es un páramo tranquilo.
Sopla el viento recio sobre la tierra
que se endureció tras morir el verano.

Un solitario perro corretea en círculos.
No hay sombra que le abrace,
su dueño le devolvió la libertad salvaje.

Su hocico huele la tormenta.
Anhela encontrar un lecho de sombras
o por lo menos una casa bajo unas ramas.

Llega el ruido, el rayo, la palabra.
Agacha la cabeza, retuerce las orejas.
Está solo, libre e indefenso frente al grito.

Ojalá conociera la plegaria adecuada,
mas de su boca solo ladridos nacen.
Y Dios nunca entendió de quejas sin amo.

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Un segundo después

Un segundo después,
la vida de ella paseó
detrás de todos los párpados.

Un segundo después,
un gavilán en el alfeizar
de la tenebrosa ventana.

Un segundo después,
la muerte era vida ciega,
hilván de amor de hermanos.

Un segundo después,
llegó silencio atronador
tras la última exhalación.

Un segundo después,
una comunión de lágrimas
hacia las aguas del cenote.

Un segundo después,
el descanso incalculable
de la natura que nos traga.

Seis segundos después,
vuelve la memoria guardiana
a su atalaya de plata.

Para Isabel Díaz

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Estrella invitada

Se dejó romper en millones de pedazos.
En polvo minúsculo, brillante y travieso.
Cayó, subió, y volvió a sumirse en las tinieblas.

Este viaje se gestó desde las sombras.
Desde el útero de los humedales del alma.
Empezó con un sí y se perderá en el infinito.

Un silencio como respiración de galaxias.
De los ojos que se vierten en tibias manos de leche.
Era noche cerrada cuando abandonó su vida a la deriva.

La estrella suspiró todos los halos dorados.
Soy el pasado que nunca alcanzaste, me dijo.
Y su estela escribió un garabato inocente en mi pecho.

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Calcetines

Me dijo que ya no sentía el camino,
que la piedra blanda
guiaba sus torpes pasos
a través de gentes ciegas.

Cruzó países desoyendo las fronteras,
que ignorantes y crueles
le preguntaban cuál era
el color de su alma y de su piel.

Ahora descansa en lo angosto de la vía,
junto al ganado y la zanja.
Su brújula, una línea imaginaria,
su pasaporte, una Biblia vacía de fe.

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